¿Qué sucedió para cambiar la cultura a una de empleo? Una revolución

¿Qué sucedió para cambiar la cultura a una de empleo? Una revolución

¿Qué sucedió para cambiar la cultura a una de empleo? Una revolución

De la revolución industrial al salón de clases cómo nos entrenan para ser empleados.

En las escuelas nos sentamos en líneas, nos paramos cuando entra el maestro o el director, nos enseñan a seguir instrucciones y a ser educados. Nos memorizamos ciertas cosas en vez de razonarlas, nos juzgan y califican de acuerdo a los estándares establecidos por el gobierno y la escuela. Todo esto es producto de la revolución industrial. Hasta las vacaciones de verano son producto de lo mismo.

Cuando la economía cambiaba de una economía de agricultura a una de producción las fábricas se encontraron con escases de empleados. Todos estaban trabajando en el campo en sus tierras, de sus familias o de sus vecinos. Cuando llegaron a las ciudades a trabajar en las fábricas no sabían seguir órdenes, pararse en líneas de producción y trabajar en equipo. No se memorizaban las instrucciones de lo que tenían que hacer y querían entender por qué esa máquina trabajaba de esa forma. “No te pago para pensar” es el dicho favorito de la revolución industrial. ¿Te suena este dicho?

Me encantaba que en Kínder todo era un soberano desorden. Nos sentábamos donde queríamos, en el piso, en la esquina o no nos sentábamos. Los pequeños pupitres estaban en desorden, en círculos o nos sentábamos en mesas todos juntos a pintar con las manos, no con pinceles. “Haz lo que quieras” era mi clase favorita. Me fue súper bien en el Kínder. Todo se fue de bajada desde la preprimaria. No troné porque cumplí años y me tenían que mandar a la primaria. Desde ahí me peleé con la escuela hasta que llegué a la universidad en los EUA y volvió todo al Kínder. Tomé las clases que quería, me calificaban por pensar no por memorizar, y los maestros eran tan hippies como mi madre.

Recuerdo en Kínder las maestras daban estrellas a algunos niños y niñas. Cuando te portabas bien, cuando entregabas un buen dibujo y no te salías de la raya o cuando hacías la tarea. Yo soñaba con esas estrellas pegadas en la frente con la saliva de la maestra.

Me imaginaba que diría mi madre al verme todo estrellado. Que orgullo sentiría que su hijo es una estrella. Teníamos un gran problema. Las maestras y yo no acordábamos en las reglas de la escuela. Yo quería jugar en el arenero y creía que las rayas de los dibujos eran sugerencias de lo que debes pintar, no reglas. En fin, no me dieron ninguna estrella. No te preocupes por mí, si logre salir con una estrella el último día de clases.

Uno por uno, la maestra otorgó las súper estrellas a los niños más inteligentes, a los más puntuales, los que sacaron mejores calificaciones, tu sabes, a los buenos. Yo los veía con un poco de envidia y añoraba ser el mejor en algo, lo que sea. Pero no, nunca fui el mejor nada. No tenían estrellas para el mejor pastelero del arenero o para el mejor sale-rayas de los dibujantes.

Después de unos minutos la maestra tomó unos dibujos en sus manos. “Estos son los mejores trabajos de todo el año” — anuncio. Eran unas bellezas, unas obras de arte. El primero era un paisaje con una casa y unos árboles. La maestra vio el nombre apuntado en el dibujo “Este es de Ana María” dijo. Ana María se paró y fue por su dibujo. Yo volteé a ver a mi vecino de mesa banco, un niño pillo y chistoso. Como yo abrió los ojos grandes sorprendidos. Seguramente los dos pensamos que Ana María es un genio. “Yo no sé cómo una niña puede hacer una obra de arte” pensé.

Me encontraba sentado hacia atrás del salón en las líneas establecidas por la revolución industrial. Con uniforme de trabajo como lo requieren en las fábricas y un corte de cabello aceptable, aunque un poco largo pues eran los setentas. Antes de irnos a casa para siempre he incursar ene l mundo de los grandes, la primaria, iban a dar los premios. Eran unas estrellotas, las más grandes que un niño ha visto en su vida. Yo me senté al borde de mi pupitre tratando de ver las estrellas. La maestra las mostró a toda la clase. “Estas estrellas las daremos a los mejores de la clase”. Me aplasté en la silla. “Ya valió madre”, pensé.

La maestra siguió entregando pinturas y trabajos que seguro ahora cuelgan en el Museo Nacional De Bellas Artes en México. No hay duda. Llegó a un dibujo extraordinario, mejor que todos los demás juntos. Era un carro rojo. Un coche como dicen en el sur. Las proporciones eran perfectas, el diseño innovador, que artista. La maestra lo mostro a la clase y luego lo volteó para leer el nombre y otorgar la súper estrella. Pausó dos segundos mientras buscaba la firma del artista. “Este dibujo no tiene nombre” nos dijo la maestra. “¿De quién es?”. Todos los niños vieron a un lado y al otro. Nadie contesto.

Yo pensé por esos dos o tres segundos imaginándome la estrellota en mi frente. Mi cuerpito se puso caliente y mariposas bailaban en mi estómago. Pasé saliva y levanté una manita. “Es mío”.

Fue la única estrella, medalla, premio, diploma, felicitación o buena calificación que saqué en toda mi carrera pedagógica. Sí, lo admito, me robe una estrella.

El sentarnos en línea, memorizar, repetir, usar uniforme, todo es parte de un entrenamiento de campesinos y mandarlos a las fábricas. Las vacaciones de verano fueron hechas para permitir a los estudiantes volver a casa y ayudar con la cosecha. No es así en todo el mundo, en los países nórdicos como Noruega, Finlandia y Suecia usan estilos muy distintos de enseñanza. Formando mesas redondas y discutiendo temas en vez de memorizarlos. En México, seguimos entrenando empleados en vez de pensadores y emprendedores. Por eso, tenemos que formarnos por fuera. Algunas universidades y preparatorias privadas tienen nuevos programas de emprendimiento y los felicitamos por ser futuristas. Es más, queremos escuchar de ellos, mándenme un correo para listar estas instituciones y sus programas.

Aún recuerdo el día cuando el maestro Saldaña me enseñó mis derechos laborales. Uno de mis mejores maestros tenía que enseñarnos esto, pues viene de la Secretaría de Educación Pública no de su imaginación. La cultura de empleo comienza en la escuela, pero no termina ahí. Desafortunadamente se forma una especie de comunismo imaginario en las cabezas de muchos jóvenes trabajadores. Una cultura que no se acaba y solamente nos perjudica, hablo de la cultura de “yo contra el patrón”.

Pocos años después, antes de hacer mi primera comunión en mi primera confesión ante el sacerdote tuve que confesarme. “Dos padres nuestros” fue mi penitencia. Aún tengo el dibujo guardado en el ropero.

Autor GKIC México

De la revolución industrial al salón de clases cómo nos entrenan para ser empleados.

En las escuelas nos sentamos en líneas, nos paramos cuando entra el maestro o el director, nos enseñan a seguir instrucciones y a ser educados. Nos memorizamos ciertas cosas en vez de razonarlas, nos juzgan y califican de acuerdo a los estándares establecidos por el gobierno y la escuela. Todo esto es producto de la revolución industrial. Hasta las vacaciones de verano son producto de lo mismo.

Cuando la economía cambiaba de una economía de agricultura a una de producción las fábricas se encontraron con escases de empleados. Todos estaban trabajando en el campo en sus tierras, de sus familias o de sus vecinos. Cuando llegaron a las ciudades a trabajar en las fábricas no sabían seguir órdenes, pararse en líneas de producción y trabajar en equipo. No se memorizaban las instrucciones de lo que tenían que hacer y querían entender por qué esa máquina trabajaba de esa forma. “No te pago para pensar” es el dicho favorito de la revolución industrial. ¿Te suena este dicho?

Me encantaba que en Kínder todo era un soberano desorden. Nos sentábamos donde queríamos, en el piso, en la esquina o no nos sentábamos. Los pequeños pupitres estaban en desorden, en círculos o nos sentábamos en mesas todos juntos a pintar con las manos, no con pinceles. “Haz lo que quieras” era mi clase favorita. Me fue súper bien en el Kínder. Todo se fue de bajada desde la preprimaria. No troné porque cumplí años y me tenían que mandar a la primaria. Desde ahí me peleé con la escuela hasta que llegué a la universidad en los EUA y volvió todo al Kínder. Tomé las clases que quería, me calificaban por pensar no por memorizar, y los maestros eran tan hippies como mi madre.

Recuerdo en Kínder las maestras daban estrellas a algunos niños y niñas. Cuando te portabas bien, cuando entregabas un buen dibujo y no te salías de la raya o cuando hacías la tarea. Yo soñaba con esas estrellas pegadas en la frente con la saliva de la maestra.

Me imaginaba que diría mi madre al verme todo estrellado. Que orgullo sentiría que su hijo es una estrella. Teníamos un gran problema. Las maestras y yo no acordábamos en las reglas de la escuela. Yo quería jugar en el arenero y creía que las rayas de los dibujos eran sugerencias de lo que debes pintar, no reglas. En fin, no me dieron ninguna estrella. No te preocupes por mí, si logre salir con una estrella el último día de clases.

Uno por uno, la maestra otorgó las súper estrellas a los niños más inteligentes, a los más puntuales, los que sacaron mejores calificaciones, tu sabes, a los buenos. Yo los veía con un poco de envidia y añoraba ser el mejor en algo, lo que sea. Pero no, nunca fui el mejor nada. No tenían estrellas para el mejor pastelero del arenero o para el mejor sale-rayas de los dibujantes.

Después de unos minutos la maestra tomó unos dibujos en sus manos. “Estos son los mejores trabajos de todo el año” — anuncio. Eran unas bellezas, unas obras de arte. El primero era un paisaje con una casa y unos árboles. La maestra vio el nombre apuntado en el dibujo “Este es de Ana María” dijo. Ana María se paró y fue por su dibujo. Yo volteé a ver a mi vecino de mesa banco, un niño pillo y chistoso. Como yo abrió los ojos grandes sorprendidos. Seguramente los dos pensamos que Ana María es un genio. “Yo no sé cómo una niña puede hacer una obra de arte” pensé.

Me encontraba sentado hacia atrás del salón en las líneas establecidas por la revolución industrial. Con uniforme de trabajo como lo requieren en las fábricas y un corte de cabello aceptable, aunque un poco largo pues eran los setentas. Antes de irnos a casa para siempre he incursar ene l mundo de los grandes, la primaria, iban a dar los premios. Eran unas estrellotas, las más grandes que un niño ha visto en su vida. Yo me senté al borde de mi pupitre tratando de ver las estrellas. La maestra las mostró a toda la clase. “Estas estrellas las daremos a los mejores de la clase”. Me aplasté en la silla. “Ya valió madre”, pensé.

La maestra siguió entregando pinturas y trabajos que seguro ahora cuelgan en el Museo Nacional De Bellas Artes en México. No hay duda. Llegó a un dibujo extraordinario, mejor que todos los demás juntos. Era un carro rojo. Un coche como dicen en el sur. Las proporciones eran perfectas, el diseño innovador, que artista. La maestra lo mostro a la clase y luego lo volteó para leer el nombre y otorgar la súper estrella. Pausó dos segundos mientras buscaba la firma del artista. “Este dibujo no tiene nombre” nos dijo la maestra. “¿De quién es?”. Todos los niños vieron a un lado y al otro. Nadie contesto.

Yo pensé por esos dos o tres segundos imaginándome la estrellota en mi frente. Mi cuerpito se puso caliente y mariposas bailaban en mi estómago. Pasé saliva y levanté una manita. “Es mío”.

Fue la única estrella, medalla, premio, diploma, felicitación o buena calificación que saqué en toda mi carrera pedagógica. Sí, lo admito, me robe una estrella

El sentarnos en línea, memorizar, repetir, usar uniforme, todo es parte de un entrenamiento de campesinos y mandarlos a las fábricas. Las vacaciones de verano fueron hechas para permitir a los estudiantes volver a casa y ayudar con la cosecha. No es así en todo el mundo, en los países nórdicos como Noruega, Finlandia y Suecia usan estilos muy distintos de enseñanza. Formando mesas redondas y discutiendo temas en vez de memorizarlos. En México, seguimos entrenando empleados en vez de pensadores y emprendedores. Por eso, tenemos que formarnos por fuera. Algunas universidades y preparatorias privadas tienen nuevos programas de emprendimiento y los felicitamos por ser futuristas. Es más, queremos escuchar de ellos, mándenme un correo para listar estas instituciones y sus programas.

Aún recuerdo el día cuando el maestro Saldaña me enseñó mis derechos laborales. Uno de mis mejores maestros tenía que enseñarnos esto, pues viene de la Secretaría de Educación Pública no de su imaginación. La cultura de empleo comienza en la escuela, pero no termina ahí. Desafortunadamente se forma una especie de comunismo imaginario en las cabezas de muchos jóvenes trabajadores. Una cultura que no se acaba y solamente nos perjudica, hablo de la cultura de “yo contra el patrón”.

Pocos años después, antes de hacer mi primera comunión en mi primera confesión ante el sacerdote tuve que confesarme. “Dos padres nuestros” fue mi penitencia. Aún tengo el dibujo guardado en el ropero.

Autor GKIC México

Leave A Comment

¿ERES UN EMPRENDEDOR CAVERNICOLA?
Descarga el Reporte y Descúbrelo
Nosotros odiamos el spam, por eso tu información no sera compartida a nadie.
Aparta tu Lugar
Reserva tu Lugar
* nunca compartiremos tu información a terceros.
Registrate al Seminario de Emprendedores y Mercadotecnia en BIT Center 6 Diciembre 5:30 PM
¿ERES UN EMPRENDEDOR CAVERNICOLA?
Descarga el Reporte y Descúbrelo
Nosotros odiamos el spam, por eso tu información no sera compartida a nadie.
¿ERES UN EMPRENDEDOR CAVERNICOLA?
Descarga el Reporte y Descúbrelo
Nosotros odiamos el spam, por eso tu información no sera compartida a nadie.
¿ERES UN EMPRENDEDOR CAVERNICOLA?
Descarga el Reporte y Descúbrelo
Nosotros odiamos el spam, por eso tu información no sera compartida a nadie.
¿ERES UN EMPRENDEDOR CAVERNICOLA?
Descarga el Reporte y Descúbrelo
Nosotros odiamos el spam, por eso tu información no sera compartida a nadie.